El perfume que usó Cristo. El perfume que usó César
El olfato es el más antiguo de todos los sentidos, a partir de el se desarrolló el sistema límbico, el responsable de la parte inconsciente de nuestras emociones. Debemos más a el olfato de lo que imaginamos, de hecho, hay algunos etólogos que consideran que la elección de nuestras parejas es cuestión de olfato y que en la selección natural, nuestras narices, tienen mucho que decir. En efecto, es una forma ramplona de señalar una evidencia: olemos bien o mal, pero olemos, y en el universo del olfato no está todo tan claro. Por de pronto, uno de los ingredientes más sofisticados y antiguos de la industria perfumista es el almizcle o musk; se trata de una palabra de origen sanscrito que viene mas o menos a significar testículo. Palmo arriba palmo abajo, es allí de donde se le extrae la pequeña glándula que contiene el almizcle, al pequeño ciervo almizclero. Por eso hay quién se refiere al mundo del perfume como al reino de lo paradójico: los mejores aromas habitan en los lugares más inadecuados.
Perfumarse, ungirse, ha tenido en la tradición clásica un significado religioso del que ahora mismo carece. Los egipcios, por ejemplo, consideraban al perfume como la “transpiración de los dioses”. Bien puede decirse que en lo esencial, las motivaciones que llevaban a las muy liberadas mujeres del Antiguo Egipcio al uso de sustancias agradables son prácticamente las mismas que las de un/a joven de nuestro tiempo: agradar. Y para que veáis que el olor a nadie deja indiferente, os mostramos dos breves apuntes sobre sendos personajes con trayectorias vitales diferentes, y a los que nos hemos permitido valorar por lo que de común tienen: Jesucristo y Julio Cesar. La imagen pertenece a Alejandro Magno, otro gran aficionado a los perfumes; se sabia de su presencia por el olor que dejaba
Perfumarse, ungirse, ha tenido en la tradición clásica un significado religioso del que ahora mismo carece. Los egipcios, por ejemplo, consideraban al perfume como la “transpiración de los dioses”. Bien puede decirse que en lo esencial, las motivaciones que llevaban a las muy liberadas mujeres del Antiguo Egipcio al uso de sustancias agradables son prácticamente las mismas que las de un/a joven de nuestro tiempo: agradar. Y para que veáis que el olor a nadie deja indiferente, os mostramos dos breves apuntes sobre sendos personajes con trayectorias vitales diferentes, y a los que nos hemos permitido valorar por lo que de común tienen: Jesucristo y Julio Cesar. La imagen pertenece a Alejandro Magno, otro gran aficionado a los perfumes; se sabia de su presencia por el olor que dejaba
