Amazonas de Dahomey. ( IV y última )

Amazonas y sacrificios humanos


Una vez al año, el rey de Dahomey se muestra a su pueblo en una especie de fiesta de las ofrendasfiesta del aniversario de la muerte de su padre. Una fiesta de difuntos dedicada al recuerdo del rey muerto y al que la prensa francesa de la época denominaba coutume. El rey se instala sobre una plataforma elaborada para la ocasión de 40 metros de larga por diez de ancha y cuatro de altura. Desde allí presencia el desfile de sus unidades de Amazonas, que en grupos formadas por unos 80 individuos le manifiestan su lealtad. A decir de  Pruneu de Pommergorge,  un viajero francés que nos describe esta ceremonia, la mayoría de ellas ronda  los veinte años de edad, siendo más veteranas los oficiales. Solo después desfilan los hombres.
      El rey está protegido por un parasol que portan cinco o seis mujeres. Además, varias amazonas impiden que ningún ser humano se acerque, ni siquiera los embajadores de las tres potencias europeas presentes: Portugal, Francia e Inglaterra. Se aproxima al borde de la plataforma y es entonces cuando las diez mil personas presentes estallan en vítores; es la única vez en el año en que se mostrará a sus súbditos. Les lanza displicente un par de puñados de conchas y otros abalorios y vuelve a retirarse hacia el interior de la tribuna. Y es aquí cuando aparece sobre la misma una comitiva bien extraña; varias decenas de hombres que portan sobre sus hombros unas cestas y en cuyo interior se encuentran amarrados algunos infelices a los que se  ha amordazado. Son mostrados a la multitud que ruge al pie de la plataforma. A una orden desconocida cesta y hombre son lanzados sobre la muchedumbre que se apresura a precipitarse sobre los infelices para decapitarles tras sendos golpes del machete. Son sólo nuevos esclavos que enviar al otro mundo con el fin de servir al rey difunto, sus cabezas serán expuestas durante largo tiempo sobre las puertas de entrada de la ciudad de Abomey, la capital del país de los dahomees. En los días previos a estos sacrificios públicos, y en recintos privados, se han efectuado ceremonias con el mismo objeto, de tal forma que, la cantidad de cabezas dispuestas en las murallas es numerosísima y se renueva todos los días. La ilustración corresponde a una revista francesa de finales del siglo XIX