El Cid. Los Samurais: Historia de los Duelos (Parte Tres)

Duelos y Desafíos. El honor en la historia

samurai

Hubo una época en la que la mentira mataba, por inocua e inofensiva que fuera, mataba . La mayoría de los duelos se establecía para determinar  quien mentía y quien no lo hacía. Se suponía que un hombre de honor jamás decía mentira alguna, lo que es mucho suponer. En el código del honor japonés esto es inconcebible. En el  hiperbólico concepto del honor que se daba en el país nipón, no sólo la falta de veracidad sino la sospecha misma, acarreaba consecuencias dramáticas.  Un samurai y probablemente cualquier caballero medieval, no diría jamás nada que no pudiera cumplir porque faltaría a su palabra. De ahí que la locura del Quijote, nuestro más entrañable paladín, no sea la locura de un personaje, sino la de una forma de ver el mundo. La foto está sacada de Wikipedia, es la de un samurai. Una casta de nobles guerreros según unos, un grupo de asesinos a decir de otros.
     Todo ello teniendo en cuenta que el duelo medieval empieza a derivar hacia cuestiones más prosaicas, tales como el honor que, en ningún caso, se reconoce a aquellos que no fueran nobles ni caballeros. De hecho un aristócrata podía matar sin  consecuencia punible alguna a cualquier vasallo impertinente. No era extraño que los samuráis, esa casta de guerreros a medio camino entre el monstruo sanguinario y el héroe, utilizaran a campesinos desprevenidos para probar en sus cuerpos la capacidad letal de sus muy afiladas espadas. Aunque el bushido o código de conducta  del samurai, pretendiera evitar comportamientos de esta naturaleza.                          
        Los juicios de Dios acaban por desaparecer, incorporados a una justicia que intenta hacerse mayor de edad, pero que fracasa allá donde el honor entra en litigio a favor de los lances del desafío. A pesar de las limitaciones intelectivas de la época por la fe ciega en la providencia divina y su intervención real y directa en los asuntos humanos, termina por asomar la duda cuando un inocente sometido a una ordalía acaba por perecer ahogado, mientras que los culpables, toda vez que el agua esta bendecida, flotan en su superficie porque de esa manera el líquido expresa su rechazo al culpable. Pero esto no significa que la verdad y el honor se rebajen de categoría al desacralizarlos. El honor se resuelve en el mundo, es cosa de los hombres pero el honor es de Dios. Lo expresa muy claro Lope de Vega (un duelista algo modesto) en su obra Fuenteovejuna, en el que el pueblo todo conspira y mata al cruel enviado real y en la cual, por cierto, se ensaya un honor que alude a todos, independiente de su cuna; señores y vasallos. 


Tizona. Una espada de leyenda en busca de su autenticidad
La Casa Mundo by Tm
     El honor se constituye en un baluarte, la ultima frontera entre la decencia y un mundo que se corrompe con facilidad, la línea roja que jamás debe ser traspasada si es que queremos aún ser una especie algún escalón por encima de la mera animalidad. El honor es el ardor que hace crecer las agallas al caballero cristiano que desafía a todos los musulmanes (Modesto Lafuente. Historia de España)  que forman el ejercito enemigo de Almanzor. A todos¡¡¡ De la misma manera que despotricaba Goliat contra los israelitas. Aunque este era un honor con la ventaja de una condición superior,  bravucón, engreído, a gritos. De esos que se suelen acallar con una piedrecita, tal y como hizo David. O a esa desproporcionada ira por el orgullo mancillado de Don Diego Ordóñez retando a Don Arias Gonzalo. Atentos a este desafío: a sus hijos y al resto de su familia, a todos los zamoranos grandes y pequeños, a los nacidos y no nacidos, a las aguas que beben, a los alimentos que comen y hasta a las mismas piedras de la ciudad. Hay en efecto algo de razón cuando los españoles tenían fama de locos por esta época. Pero qué se dirá de los caballeros franceses que pleiteaban a muerte por el robo de unos simples zapatos, lance que se vio obligado a presenciar el rey Enrique II, un notable censor de los duelos entre sus caballeros. 


     Y eso por dejar de lado los desaires a los samuráis, la tierra con honor de cristal en la que se ofendía por cualquier nadería. Consideremos la espada de un samurai,  un simple roce a este arma y el infortunio podía caer en una familia por una generación tras otra. La espada tenía más valor que el más querido de los hijos. Y  lo decimos sin un ápice de exageración. La espada pasaba de padres a hijos; en el Japón de la II Guerra Mundial muchas de las armas que ostentaban los oficiales del emperador, eran herencias antiquísimas de sus antepasados. Y no sólo en Japón;  el simbolismo de la espada sobre todo, se ha convertido a la postre, a través de los escudos de armas, en un elemento que señala la alcurnia, la nobleza de una familia. Más aún ¿Quién no ha oído hablar de Tizona?: la espada de El Cid, cuyos retos y duelos son modelo de ortodoxia y protocolo (el lanzado por el paladín castellano a los Infantes de Carrión por violentar a sus hijas).  La Durindana de Roldan, la de Lope Juan que se haya en el monasterio de San Salvador de Leire y otras muchas.

En la próxima entrada os presentaremos el inaudito duelo entre un perro y un caballero. Y ganan los buenos
Armas casi todas dotadas de un poder mágico y taumatúrgico, hasta el punto de que recibieron el apelativo de “Armas de Constelación” porque se suponía que fueron forjadas bajo determinados condiciones de alienación de las estrellas . Su uso otorgaba una ventaja añadida a la propia pericia del duelista y podía ser motivo incluso para suspender  y repetir un duelo, como es el caso del establecido entre dos caballeros aragoneses de apellidos Centellas y Cabrera, en el siglo XIII, y durante el reinado del rey Don Jaime en Aragón. El perdedor del lance: Cabreras, solicitó la anulación del mismo, toda vez que,  según él, Centellas había utilizado un arma de constelación (la espada de Soler de Vilardell más concretamente, un mítico vencedor de dragones), además de otros objetos a los que las supersticiones de la época concedían poderes mágicos, como una camisa que prácticamente lo hacia invencible y una piedra preciosa. En el reino de Valencia, por ejemplo, estaban prohibidos los duelos entre caballeros de tallas desiguales, en altura pero también en anchura, además de prohibir el uso de abalorios  y determinado tipo de hierbas.
Continuará...