RETRETES. ALCANTARILLAS Y WC. PARTE SIETE

EL GRAN HEDOR.   LONDRES SIGLO XIX



Los limpiadores de letrinas, los modernos poceros, se mueven en un medio bastante adverso, en cambio se piensa que gozan de una inmunidad especial frente a determinadas enfermedades. Su sueldo siempre ha estado por encima de la media, la penosidad de su trabajo lo hace mas que justificable. En los siglos XVIII y XIX algunos hasta podían disponer de un sobresueldo que pagaba su discreción. A veces, de ese inmundo puré de desperdicios sobresalían unos huesos de reducidas dimensiones, unos huesos que por su tamaño sólo podían corresponder a criaturas recién nacidas. Una palabra de mas y la ruina, el infanticidio estaba penado con gran severidad.
     Es un poco triste pero las cortinas del romanticismo esconden amores ilícitos con resultados visibles (un día haremos una entrada -post- sobre el infantilismo en la historia). Y hablando de cortinas,  es algo difícil de  imaginar las del Parlamento Británico a mediados del siglo XIX impregnadas de cal con la intención de frenar allí los olores del río Tamesis.  Una corriente pútrida desde hacia varios siglos que se había agravado en el  XIX por las demandas de una sociedad industrial,  las necesidades de casi dos millones de personas y un verano excepcionalmente cálido y seco. En Inglaterra se conoce esta época como el “great  stink” o “gran hedor” .
     El río Tamesis a su paso por Londres es una caudal de considerables proporciones, bastante más ancho que el Sena pero que tiene una particularidad; experimenta un fuerte flujo de marea, es decir, sus aguas en determinados momentos corren río arriba y no solo llevan agua sino todo objeto en suspensión. Faraday, el gran físico que estaba enfrascado en el estudio de las propiedades de la luz no pudo evitar, a la vista del estado del río, hacer un ejercicio de retórica sobre la refracción luminosa del mismo, describiéndolo como  un líquido de color marrón claro y opaco, que limita el campo de visión a los 2 cm de distancia.
     Por lo visto esta falta de visibilidad en nada disuadía a los innumerables niños, hijos de la miseria industrial, que deambulaban por las orillas de esta cloaca a la caza de objetos con los que comerciar. Otro sujeto que solía hacer de este paisaje su centro de trabajo, era el de los cazadores de ratas, curiosos funcionarios de la City, depredadores a sueldo de estos animalitos que tan mala fama arrastran desde hace milenios, y que emulaban a sus homólogos franceses(que cazaban unas 2000 o 3000 al año como ya vimos en Retretes. Alcantarillas y WC. Parte Seis.) aunque no sabemos si con la misma productividad.
     A principios del siglo XIX había más de 200.000 pozos negros en una ciudad como Londres que rondaba el millón de habitantes. Los pozos se limpiaban con una periodicidad que venía marcada por la capacidad económica del propietario, a mayor solvencia mayor frecuencia. Con el contenido de estos pozos se llenaban centenares, miles de carros todos los días. Este limo infecto está lleno de vida y prueba de esa efervescencia vital es el intenso olor que despide, y vale dinero como abono natural. Los campos que rodeaban las ciudades eran alfombradas de esta lámina vivificadora. Cien mil carros de desechos humanos llenaba todos los años la ciudad de Manchester por ejemplo.
En Manchester había recalado a mediados de la década Friedrich Engels, el socio filántropo de Carlos Marx ,con el fin de testear las condiciones de vida de la clase obrera y el paisaje urbano que pinta es desolador, una letrina para doscientas personas.
Pues bien, como deciamos,  el crecimiento de las urbes hacia que la distancia a recorrer por estos carros fuera cada vez mayor,  con lo que el precio de vaciado de los pozos negros se incrementaba. El comercio del guano, materia fecal procedente de aves e importado masivamente de Sudamérica y más barato, acabó con la fertilización de limos de origen humano.
     Como has podido comprobar en la historia de la eliminación de los residuos se ha buscado siempre un vehiculo capaz de sacarlos de las zonas urbanas. Que sea el agua, hoy parece una obviedad, pero hasta finales del XVIII no lo era tanto. Qué poco sabe la humanidad de cuanto debe su olfato a un pequeño charquito, el que queda en la parte inferior del wc cuando se vacía el depósito de agua. Lo que demuestra que los grandes avances de la humanidad consisten en pequeños pasos. La trampa del mal olor como denomino Cummings -un inglés- a su invento, era conocida desde finales del siglo XVII pero sólo a partir del siglo XIX, y en la  próspera Inglaterra, empezó a utilizarse de forma masiva en los hogares de la burguesía. La incapacidad de los pozos negros para contener esta avalancha de desechos acabó por derivarlos a la nueva red de alcantarillas que iban a verter al río, cuyas aguas se utilizaban para consumo domestico . 

     Por eso el té de Ceilán y La India tenían un sabor muy peculiar en la Inglaterra victoriana. Sobre todo si se tomaba en Londres y sus alrededores. Aquellas preciosas tacitas de porcelana contenían una población sorprendentemente crecida de bichitos, a cual más letal y con una inaudita capacidad para hacernos enfermar, desde meningitis, dengue, tifus, hepatitis. Hasta mas de 60 enfermedades son capaces de producir los líquidos con material fecal y una de ellas es un viejo compañero de viaje de la especie humana: el cólera.
Pero no había problema, estos prepotentes chicos del siglo XIX se aferraban a la teoría miasmática, todavía en boga por la época, que sostenía que el cólera se transmitía por el aire y no a través del contenido del agua. ¿Cómo no se darían cuenta? Por algo dicen que el significado de Belcebú hace referencia al lugar sucio e inmundo donde habita.
     El siglo fue fecundo en epidemias de cólera, fueron muy intensas las del 48 y el 54. Los desvelos y tenacidad de un medico inglés llamado John Snow que venia siguiendo el cólera desde La India,  y que se empeñaba en relacionar la enfermedad con las aguas residuales no produjeron resultados hasta después de su muerte. El episodio de Jhon Snow se ha llegado a novelar en un precioso e intenso relato con aires de misterio por Sandra Llempel, llevado con pulso inquietante en las calles del Londres victoriano. La labor de este hombre y la del ingeniero Joseph Bazalgette que diseñó sendas cloacas paralelas al Tamesis, cuyo cometido era alejar de la urbe el encuentro del cauce del río con las alcantarillas de la ciudad, hicieron probablemente más por la humanidad que muchas otros acontecimientos que se tienen por grandes hitos sociales. Por cierto, un bar del Soho londinense lleva el nombre de Jhon Snow por estar situado en las proximidades de la bomba de agua que contenía la bacteria.

Continuará