RETRETES; ALCANTARILLAS Y WC. PARTE SEIS

De París a China, pasando por Méjico


Catacumbas de Paris

Estaba a punto de finalizar el siglo XVIII y las calles de Paris presenciaban, noche tras noche, una comitiva algo gótica. Carretas cubiertas por telas de color negro ocultando su contenido a los escasos viandantes de la noche. Iban precedidas por varios sacerdotes que mascullaban entre dientes el miserere mei, Deus. Aquellos carros estaban llenos de huesos. Huesos humanos.

     Los osarios de todos los cementerios de la ciudad, los nichos de sus iglesias y hasta los camposantos privados que, algunos nobles, se habían permitido en los jardines de sus mansiones para enterrar allí a sus sirvientes. Además de los incontables monasterios y conventos que habían dado un último cobijo a los que en España se llamaba “manos muertas” o sea: indigentes, pobres de solemnidad que no tenían en efecto ni “donde caerse muertos” (mod. Esp: extrema pobreza). Los cementerios de París estaban desbordados y durante siglos, vivos y muertos habían convivido en los mismos espacios. Esta proximidad había nutrido el imaginario colectivo de historias de terror, muertos vivientes y cadáveres pútridos.  Nada mas cierto, porque el abandono de los nichos, las inclemencias atmosféricas y la presencia de animales asilvestrados  que desenterraban los cadáveres, convertían los cementerios en lugares fétidos  y repugnantes, fuente permanente de morbilidad en el interior de las ciudades. De tal suerte que, las ceremonias religiosas en el interior de algunos templos sólo eran posibles y soportables merced a un abrumador uso del incienso:el olor de la descomposición de los cuerpos recientemente sepultados en tierra sagrada las habría hecho inviables. 

Catacumbas de París
Catacumbas de Paris

     Llevar los muertos donde deben estar era una idea ya muy antigua que no acababa de prosperar; el higienismo que lo inspiraba causaba recelo por sus ideas, consideradas desafectas de la ortodoxia religiosa. La Revolución Francesa... mas bien, el progreso del sentido común, empujan a los munícipes a desembarazarse de la peligrosa presencia de cuerpos en descomposición junto a manantiales de agua potable y lugares habitados.
     En París, que entonces era mas bien conocida como “ciudad de la Mierda” La Revolución no sólo se ocupó de borrar incluso el rastro del Antiguo Régimen en las flores de lis, grabadas en los accesos de los escasos 20 kilómetros de alcantarillas de los que disponía la ciudad, al principio del siglo XIX, si no que, también decidió almacenar esa colección multimillonaria de huesos en las catacumbas de la ciudad: desde el año 1785 hasta bien promediado el siglo XIX
     Marat, el revolucionario francés, fue de los primeros habitantes de las alcantarillas conocido, (algo que como ya veremos en el capítulo dedicado al siglo XX es bastante más frecuente) pero no debía disfrutar de un gran espacio, porque el alcantarillado de París en el año 1806 sólo llegaba a los 23 kilómetros. Antes de que concluyera el siglo llegaba a los 1.000  este considerable esfuerzo es el resultado en su mayor parte del rediseño de la ciudad emprendido bajo Napoleón III.
     El barón Haussmann encargado por el Emperador de dotar a París de grandes avenidas
las malas lenguas dicen que las grandes avenidas de Paris, diseñadas en el siglo XIX, además de hermosear la ciudad, facilitaban a los soldados la represión de las algaradas revolucionarias
no se olvidó de esta ciudad paralela y subterránea, con galerías abovedadas tan amplias que permiten el paso holgado de varias personas. Marat fue un precurso, pero 60 años después los revolucionarios de la Comuna de París las utilizaban para escapar de los soldados que les perseguían. Fueron refugio habitual de delincuentes y marginados. Víctor Hugo, en su novela Los Miserables hizo pasear a algunos de sus personajes por sus húmedas galerías. Y en la guerra franco prusiana, se temió que los alemanes penetraran en la ciudad a través de ellas. No fue así porque los prusianos se limitaron a desfilar por los Campos Elíseos y a la vista de todos, sin necesidad de tomarla por sus alcantarillas.  Para evitar perderse además en este dédalo de alcantarillas que seguían en su trayectoria la línea de las calles,  las galerías conservaban el nombre de la vía bajo la que transcurrían
     París, aunque no lo parezca, está inclinada hacia al norte, de forma que se aprovecha esta inclinación natural del terreno para llevar allí todas las aguas negras por mera gravedad, liberando así el cauce del río Sena a su paso por la ciudad de ese vertido.
     Trabajar en las alcantarillas crea conciencia grupal, es peligroso, se produce sulfuro de hidrógeno y otros gases que te matan en minutos después de dejarte inconsciente. Aparte, se producen explosiones de las que históricamente hay ya constancia en la Cloaca Máxima de Roma. Las alcantarillas son un mundo nuevo que empezó a descubrirse en el siglo XIX, por eso quizás el oficio en París fue pasando de padres a hijos. Los limpiadores, entre otros cometidos, se entretenían en contar la cantidad de ratas que exterminaban de media todos los años bajo las calles de la ciudad: de 2.000 a 3.000 por operario; esa era la cuenta. Hacia finales del siglo, los vecinos de la ciudad de París debieron de sacrificar buena parte de sus terrenos y de su bienestar para almacenar en sus terrenos lagunas donde almacenar los vertidos que desbordaban la capacidad del río capitalino. Lagunas de mierda de las que se extraía limo para fertilizar los campos. Por cinco euros puedes hoy visitar las alcantarillas de Paris, lo que demuestra el genio de los franceses en dos cosas: en hacer pasar sus derrotas por victorias, y en mantener una cultura de la vida cotidiana que para nosotros, tan fatuos y graves, ya quisiéramos. Ah y además cobrar por ella

Viaje a las alcantarillas de Paris
Visita a las alcantarillas de Paris

     Al menos en China, que utilizaba y utiliza el excremento como abono se pagaba a los ciudadanos por utilizar las  Koun-tse-fan, -es decir: letrinas- y no al revés, como parece ser lo habitual. Además, hasta en esto había clases sociales, porque el excremento de zonas más ricas era mejor remunerado que el de zonas pobres. Seguramente debido a la calidad de la dieta.  
     Blasco Ibáñez, el escritor valenciano que viajó a la China decimonónica habla en la crónica de su viaje al gigante asiático de que, a pesar de la vigilancia de la policía para evitar “desahogos a la China” en lugares públicos, era harto frecuente encontrar grupos de chinos en cuclillas haciendo sus deposiciones en cualquier sitio. Mas o menos como en el Montevideo de finales del siglo XIX, en el que, a decir de Hilia Moreira en su curioso libro “Antes del asco”, defecar en público era harto corriente
     En el México de finales del siglo XVIII el virrey Bucareli ya se ocupa de exigir letrinas en todas las casas de nueva construcción con el fin de controlar las aguas negras y el “mal aire”, de ahí “malaria”. E incluso, apunta el germen de un servicio de recogida de basuras sujeto a un horario, confiamos que más benevolente que el que mantiene actualmente la ciudad de Luca en Italia, que aconseja sacar las basuras todos los días entre 6:00 y 9:00 horas am.


Continuará