La religión es el gran libro de la historia y en esta también podemos encontrar valiosas fuentes. No sé -y corríjanme si me equivoco- de ningún Cristo con pelos en el pecho o las axilas. Sólo sé de uno al que le apunta el vello púbico y que me parece que está en Zamora. Todas las imágenes están depiladas, quizás porque representar un cuerpo cubierto de pelo no sea viable en el arte de la escultura. Pero tampoco lo conozco en pintura, y vista la creatividad de los iconos religiosos extraña que a nadie, que yo sepa, se le haya ocurrido cubrir de vello las piernas de Cristo. La verdad, y no me tomen por irrespetuoso, es que no me imagino a Cristo y mucho menos a ninguno de sus peludos doce apóstoles en un centro comercial sin que acudieran los guardias jurados. Vivimos un tiempo en el que las formas estéticas se convierten con facilidad en cuestiones de orden público, y veo difícil que los santos varones bíblicos pudieran confraternizar amistosamente con un mundo tan depilado como el de hoy.
Y diles tú que se corten el pelo, que mira como se lo tomo Sansón cuando Dalila le cortó los cabellos, que perdió la fuerza y se dejo matar. Pero aquí, entre nosotros; no perdió la fuerza. Se dejo matar no porque el cabello le hiciera más o menos "machote", se dejo victimar porque la traición de su amada le había roto el corazón. Pero claro, esto no era políticamente correcto en un tiempo en el que la debilidad no parecía del agrado del Señor.
Otro caso -pienso yo- de manipulación conveniente de la historia fue el de Moisés. A mi me parece que Moisés se fue de Egipto porque allí desde el faraón hasta el último de sus súbditos se rapaba el pelo de la cabeza a los pies , entre otras cosas porque hacia un calor de espanto. Y esos pelos tan bien perfilados que lucen en sus representaciones, no son mas que pelucas que utilizaban como sombrillas a fin de no calcinarse la cabeza. Hasta una faraona travestida tuvieron, la reina Hatshepsut, que se colocaba en presencia de sus súbditos una perilla para conferirse autoridad. Claro que, por estas tierras del Nilo, circulaba un mejunje para hacer crecer el pelo que estoy tentado de pensar que fue en buena parte el responsable de que este país de calvos no quisiera dejar de serlo. Vean los componentes de la loción esta y juzguen por si mismos: para empezar, una de vísceras de pescado y órganos genitales de perro. Luego seguimos con excrementos de mosca, suciedad de las uñas de un hombre y ratón cocido. Mezclar y disponer sobre la cabeza hasta que apeste. Bueno uno no sabe si las siete plagas de Egipto en realidad fueron ocho pero en el hit parade de las mismas, la loción contra la calvicie egipcia merece un lugar de honor. Y antes de que se me escape ¿Cómo demonios se afeitaría esta gente sin desangrarse? A ver. A ver…….."la depilación laser" he oído por ahí(No me sorprende. Vean si no los programas culturales de tele 5). …………….Pues no, utilizaban cera como se ha hecho toda la vida. Correcto, la depilación egipcia se hacia con cera e incluso utilizaban una depilación más radical que mataba el vello de raíz: sangre de murciélago y cicuta; un veneno. Hombre de campo como era Moisés, no me extraña que saliera espantado de Egipto junto a todo sus paisanos. El pueblo de Israel y Egipto aunque contemporáneos en el tiempo, estaban separados por cientos de años.
Pero abstracción hecha de obvios motivos higiénicos como los del valle del Nilo afeitarse el pelo es un síntoma de sumisión, renuncia y penitencia. Lo hacen los frailes al tonsurarse. Las mujeres desesperadas por la perdida de un ser querido. Los jóvenes de 20 años en Tailandia que durante tres meses se hacen monjes en una especie de mili religiosa. Para estar fresquitos. Y aquellos que apostaron su cabellera a que España no ganaba el mundial de futbol del 2010. Otra cosa bien distinta es el afeitado impuesto para señalar un acto innoble, como el que la Resistencia francesa practicó sobre miles de mujeres tras la liberación de Francia por los aliados, señalándolas así como colaboracionistas. Cosa que también se hizo en la Italia postfascista y en la España franquista. A las adulteras en el antiguo Israel también se las rapaba, y esto como mal menor porque lo peor venía después. Y a las brujas en toda Europa antes de quemarlas en la hoguera. Tenemos después los rapados rituales del guerrero; pensemos en los bosquimanos que se dejan solo una mata de cabello longitudinalmente a lo largo de la cabeza. Un tal Cao Cao que fue un gran guerrero y estadista chino del siglo III, también se afeito la cabellera porque no fue capaz de cumplir él mismo lo que había mandado hacer a sus hombres en una campaña militar; esto es, que no pisaran las tierras cultivadas de los agricultores. Se le encabritó el caballo sobre un campo de maíz y decidió por ello quitarse la vida, aunque sus consejeros fueron capaces de disuadirle haciéndole ver que su ausencia perjudicaría gravemente al ejercito. Por eso sólo se afeito la cabeza, así de severo debía de ser eso del afeitado.
Julio Cesar que era calvo, aunque a juzgar por como se peinaba no parecía ser mucho de su agrado, impuso en Roma el pelo corto y la piel afeitada. Hecho este que acabo por convertirse en marchamo de romanidad para las generaciones futuras. Sólo Adriano, que al parecer tenía una piel bastante estropeada, impuso otra vez la barba. El pelo corto es muy del gusto contemporáneo pero generaba gran desconfianza en la Edad Media y el Renacimiento por ser propio de delincuentes y gente de baja estofa.
Entre los antiguos galos la posición social venia señalada por la longitud de la cabellera, de tal forma que nadie podía tener el pelo más largo que el monarca. Lo cual en estos tiempos era un bendición. Prueben ustedes a utilizar para el afeitado la concha afilada de una almeja (que según dicen se utilizaban) y verán la escabechina que se hacen en la piel. O pelo a pelo como hacían las damas de la Edad Media y primer Renacimiento para dejar una frente despejada. Afortunadamente mas entrado el siglo XIV, una mezcla de cal viva y arsénico podaba las cabelleras con mucha más rapidez. Y eso por no hablar de los muchos barbudos que, hartos de sufrir las picaduras de esa población de parasitos en sus barbas, decidían prescindir rápidamente de ellas prendiéndolas fuego directamente, vigilados por un par de vasallos provistos cada uno de sendos cubos de agua, no fuera a ser que la depilación se les fuera de las manos y se les chamuscara toda la cabeza.
Pero el gran siglo de los parasitos del pelo cabalga entre el XVII y el XVIII, que coinciden con la reintroducción de las pelucas. Empezando por la corte francesa, acabaran por calzarse en cabezas que recorrían las húmedas selvas amazónicas, imagínense la población de parásitos que cultivarían esas pieles húmedas. Para empezar había piojos hasta en las cejas, no quiero ni pensar en lo que se cocinaba en aquellas cabecitas cortesanas y frívolas de las cortes europeas; las calvas de madame de Pompadur, las liendres de la marquesa de Sevigne. ¿Y qué me dicen de Casanova? De sus pelucas empolvadas cubiertas de huevos de piojos. El amor es ciego sí, pero hasta ese punto. Y si a esto unimos el gusto por empolvarse el cutis con polvos de arroz, el efecto es absolutamente catastrófico. Cualquiera que deseara una mínima consideración social debía poseer una, más o menos debían de ser como las "visas oro"( antes de que se regalaran, claro). Pero su precio también era considerable; las gentes más modestas solían compartirlas. Una peluca para cinco o seis individuos, imagínense compartiendo bragas, calzoncillos o calcetines. Vaya ruina. El siglo XVIII ha sido llamado también el siglo de las liendres.
Las pelucas adquirieron proporciones mastodonticas: medio metro de altura. En efecto para mantener erguido este artilugio se necesitaba un armazón de alambre que además de sujetarse sobre la cabeza lo hiciera también sobre los hombros. La Corte francesa, antes de la Revolución se entiende, se precipitaba irremediablemente sobre la vanidad y la más supina ridiculez, de modo que las pelucas llegaron a contener jaulas para pájaros y otros estrafalarios aditamentos como relojes de arena. A tales dimensiones llego el mercado de las pelucas que sólo para atender la demanda cortesana Luis XIV llego a crear 240 cargos de peluqueros para atenderla. María Antonieta, la ultima Reina de Francia, aborrecía las pelucas y prefería el peinado natural con tirabuzones. La pobre, parece que anticipaba a su triste final. Siempre he tenido simpatía por María Antonieta, a veces pienso que la historia es injusta y hace pagar a justos por pecadores.
En Japón el pelo era objeto de otro tipo de atención, las japonesas sujetaban sus abundantes cabelleras en moños y prendían en ellos unos preciosos alfileres de metal, jade y madera llamados Kanzashi. Objeto de apariencia inocente pero que podía ser utilizado si era menester como artilugio defensivo u ofensivo de efectos mortales porque su extremo a veces estaba impregnado con veneno. Y en China la política capilar se solía resolver como tantas veces se ha hecho en la historia de esta país, con miles de muertos. Esto es, como la dinastía reinante en el siglo XVII es la Manchu, pues todos a peinarse como los manchues, es decir, cabeza afeitada menos en el centro de donde sale una larga coleta. La resistencia de los Hang (los que no eran manchues), si bien por otros motivos más consistentes que un determinado corte de pelo, les hizo mostrar su oposición al decreto peinándose con largas coletas sin tonsura alguna. La subsiguiente represión se llevo por delante a más de cien mil personas.
El romanticismo vuelve a imponer la barba y el pelo largo para dar carácter al rostro. Nada como una piel emboscada tras matas y matas de cabello. Patillas de proporciones descomunales, barbas que llegaban hasta el ombligo, bigotes que escondían ruinas dentales. El cabello facial llego a poseer un código propio de jerarquías, de tal manera que a mayor abundancia mayor respeto y grado se poseía. En las imágenes clásicas del siglo XIX si no se quería ser un "Don nadie", se debía ir bien provisto de pasaporte capilar. La iconografía militar nos da fe de ello, pero también la vida civil muestra auténticos patriarcas barbudos. Hasta Marx y Bakunin, apóstoles (y nunca mejor dicho) de la revolución social, apuntan un indisimulado convencionalismo en sus formas y lucen considerables barbas. No nos olvidamos de los Reyes Magos y Santa Claus, barbados personajes muy bien aceptados por la chiquillería y que hacen de sus pelos un artículo de venerabilidad y confianza. Fue sin duda una época de abundantes pelos en la sopa. Supongo que con el fin de evitar esta desagradable presencia -la de los pelos en la comida- nos cuenta Theodore Westwark, un militar belga de servicio en el Congo a pincipios del siglo XX, que la tribu de Los Mangala -mujeres también-, se arrancaban todos los pelos de la cara, incluidas las cejas y las pestañas. Aunque conociéndo los hábitos alimentarios de Los Mangala esta es una anecdota inocente. Tenían esclavos ¿Sabes?.......pero se los comían. Eran caníbales.
Claro que siempre hay episódios más amables con los que concluir los post y éste, mas o menos, puede ser el de otro personaje: Brummell, (el bello Brummell, como se le conocía), el dandy ingles que oficiaba las 24 horas como holgazán -bien vestido, pero holgazán- se afeitaba dos y tres veces al día y nunca olvidaba en sus bolsillos unas pinzas de depilar, además de tomar baños de leche a diario. Hasta que en el año 1906 un tal Nessler invento eso que hoy y entonces llamamos la "permanente", que como su propio nombre indica, hace estables los peinados se duerma del lado que se duerma, y ha convertido las cabezas de nuestra madres en una disciplinada escuela de cabellos que parecen no tener historia alguna.

